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La Virgen del Socavón y sus devotos danzarines
La ciudad de Oruro está situada en las faldas de un semicírculo de cerros que durante siglos produjeron plata de tan buena ley como el Cerro Rico de Potosí, y de los que ahora se extrae estaño. Su clima ha mejorado mucho: ya no hace el frío de años atrás y su cielo sigue siendo el de esplendente añil de toda la altiplanicie boliviana.
La prehistoria y aun la historia de esta ciudad minera de 75.000 habitantes, con extensos campos no bien cultivados, están íntimamente ligadas a la legendaria Virgen del Socavón que, desde tiempo inmemorial, es objeto de fastuoso culto en que lo religioso se mezcla con lo pagano.
En la más remota leyenda del lugar, juegan papel principal el semidiós de la fuerza, Huari, y la Ñusta – llamada así por antonomasia -, diosa de la mitología aborigen, de quien se dice que en una posterior encarnación se convirtió en la Virgen del Socavón. Resumámosla.
El gigante Huari había hecho una de sus principales guaridas en el interior de los cerros de Uru-Uru, en cuyas proximidades habitaba un pueblo de pescadores y pastores de llamas, el más diligente en su culto a Inti (el Sol). Despertado Huari todas las mañanas por la primogénita y bella hija de Inti, Inti Huara (La Aurora), que le descubría con su leve fulgor las hermosas galas de las tierras andinas, enamorose de ella y, queriéndola tomar para sí, extendió en su derredor sus brazos de humo y fuego volcánico. Los paternales rayos solares, viniendo en ayuda de la perseguida beldad, sepultaron en el interior de los riscos enormes todo el poder ígneo del semidiós turbado. Y éste juró vengar la afrenta pervirtiendo al religioso pueblo uru.
Huari tomó la forma humana del apóstol de una nueva religión. Con frases y ademanes oratorios, comenzó a predicar contra Pachacamac y su obra religiosa y social. Tronaba, pleno de malos propósitos, contra Inti y la jerarquía social; exaltaba la supuesta superioridad de los bienes materiales sobre los espirituales y del laboreo de las minas sobre el de los campos. Los urus le resistían, pero cuando Huari les mostró el oro y la plata extraída de los montes y prometió a los caudillos las ubérrimas cosechas ajenas de los valles, los puneños que trabajaban tierras un tanto secas, se rebelaron contra sus viejas creencias y sus autoridades sacerdotales.
Ansiosos de riquezas, abandonaron el trabajo cotidiano, duro pero saludable. Dejaron de orar a Inti para concurrir a conciliábulos nocturnos en que abusaban de la chicha de los valles, bebida que antes desconocía. Alcoholizados, pronto manipularon sapos, víboras, lagartos y hormigas, en actos de aquelarre, a fin de enfermar a los habitantes de las poblaciones vecinas y aún a sus amigos y parientes y poder así apropiarse de sus bienes. La gente, abatida por los vicios, transformose en apática, huraña y silenciosa.
El pueblo habría desaparecido por las luchas intestinas que advinieron, mas un día, en que después de copiosa lluvia se abrió el cielo cortado por el arco iris, se hizo presente una Ñusta de singular belleza y de espíritu superior escondido tras unos ojos almendrados y oscuros. De cabellos más oscuros todavía, pómulos salientes, tez no tan bronceada como las mujeres lugareñas y noblemente vestida aunque a la usanza india, la Ñusta hablaba además del dialecto uru un nuevo lenguaje: el quechua. La acompañaban los curacas y amautas que se habían exiliado del villorrio cuando comenzó su inevitable perversión.
Poco a poco, los hombres y sus actos tornaron a ser lo que fueron; revivieron tradiciones, costumbres, religión y ordenamiento social. Se impuso el quechua sobre el dialecto uru, y el campo habría recobrado y aun superado su escasa fertilidad si Huari, en venganza, no hubiera desencadenado sucesivamente cuatro plagas sobre el arrepentido pueblo: una víbora, un sapo y un lagarto descomunales e innúmeras y voraces hormigas.
Por las montañas del sur reptaba una monstruosa víbora devorando cuanta sementera y cuanto ganado estaba a su alcance. Los urus vieron a la distancia las amenazadoras fauces, y huían aterrorizados cuando alguien clamó por la Ñusta quechua y se la cio, en apocalíptica contienda, dividiendo en dos con su espada, el cuerpo del ofidio que quedó petrificado.
Por el lado norte, con saltos tigrescos hendía la planicie un sapo de enormes proporciones cuyo resuello calcinaba los terrazgos. El vecindario que le veía venir acordábase de los innumerables batracios que sacrificara en brujerías y presentía la inminencia de la catástrofe. Un guijarro oportunamente lanzado por la honda de la heroína, dio en la boca del sapo y lo convirtió en piedra.
Cerca de Oruro, en Cala-Cala, existe una laguna cuyas aguas se tornan rojizas a cierta hora del día. La leyenda dice que se formó con la sangre de un gigantesco lagarto decapitado con certero tajo por la protectora de los urus cuando el saurio, enviado por Huari, se dirigía al caserío para destruirlo con furibundos coletazos, afirmándose que el resto del descomunal cuerpo habría quedado esparcido en la montaña propincua.
Huari era tan terco como poderoso, y pensó que su hermosa rival, la ñusta, que había destruido tres animales de tamaño y fuerza extraordinarios, sería vencida por tropeles de diminutos insectos. Muerto el lagarto, hizo brotar de la cabeza de éste legiones de hormigas que se descolgaron desde Cala-Cala hasta llegar al río Tagarete donde los nativos acostumbraban pescar. En angustioso esfuerzo, allí mismo, en los suburbios, fueron muertos los carniceros insectos y convertidos en montículos de arena.
Había, por último, que atemorizar a Huari, malo como el mismo diablo. Clavada fue la cruciforme espada vencedora en el cerro de Cala-Cala, allí donde ahora se levanta una iglesia, y volvió entonces la paz en el contorno.
Cosas de la naturaleza, coincidencias que asombran: en las montañas donde, según la leyenda, la Ñusta petrificó a la víbora y al lagarto, las sobresalientes y sinuosas rocas figuran los cuerpos destrozados de ambos animales. Y no hace muchos años que la mole gigantesca del sapo ha sido destruida para evitar que siguiere siendo objeto de la superstición popular. Por su parte, los arenales, que bordean la ciudad de Oruro (la antigua Uru Uru) por el este, nos sugieren visiones de las infernales hormigas.
Cosas de los hombres que no causan menos estupor: actualmente los devotos de la Virgen del Socavón – o sea, según lo refieren las viejas consejas, la invencible Ñusta -, que de antiguo se disfrazan de diablos y cuyo jefe se llamaba el “Huaricato” (representante de Huari), llevan máscaras cornamentadas de hermosa factura, decoradas con sapos, lagartos y víboras, animales de la brujería altiplánica. “Diablos” son estos que cantan, bailan y oyen misa en el templo de la Virgen. Representan también un drama en el que los Siete Pecados Capitales, personificados por otros tantos diablillos, son vencidos por el Arcángel Miguel y humillados ante la Virgen del Socavón.
* Leyenda recogida primeramente por Carlos Felipe Beltrán, y recopilada en la versión de B. Augusto Beltrán H., en la Revista Rotaria, Evanston, Illinois, E.U., mayo de 1956, pág. 25; reproducida en El Carnaval de Oruro y proceso ideológico e historia de los grupos folklóricos. Anexo. Oruro 1962, pág. 67-70.


